Texto de sala (CRÓNICAS)

La pintura goza de una historia bastante larga, y un acervo pictórico lo suficientemente vasto, para permitirnos ver en ella un fenómeno de la conciencia humana universal que va más allá de modas y tendencias, de vanguardias y supuestos anacronismos definidos por una u otra academia.

La pintura – tanto  para el artista como para el espectador – es un oficio de la imaginación. El primero se sirve de sus manos  y ojos para realizar un mensaje visual que el segundo descifra gracias a su sensibilidad y poder de asimilación. Ambas cosas representan un acto vivencial único e imprevisible: el de la fijación duradera de un instante por medio de la contemplación.

Los cuadros de Marcela Navarrete nos muestran de una manera ejemplar la potencia de la pintura como medio de documentación no solo de la topografía de un lugar – en este caso Tepaztlán _ sino también de la relación existencial de la artista con el entorno en el que le ha tocado vivir. Los espectaculares acantilados, el frondoso jardín, las vistas y luces presentes y siempre cambiantes se hallan entretejidos en estos cuadros con las circunstancias anímicas, asociaciones emocionales y memorias de la pintora en una obra vigorosa, dramática y del  todo audaz.

El que los verdes no siempre signifiquen vegetación, los amarillos un día asoleado y los grises niebla en las barrancas no le quita “realidad” ; al contrario, como no percibimos el mundo que nos rodea como un inventario de cosas y movimientos separados de nuestra vida interior, cierta ambigüedad en la codificación pictórica no puede sino realizar su veracidad.

El arte subvierte la tiranía de lo abvio y del lugar común.